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Reflexiones desde Oaxaca.

13 enero 2022, San Mateo Piñas.


Las temporadas que he pasado aquí, aunque breves, han hecho manifiesta para mí una diferencia fundamental entre la vida en la ciudad y la vida en el campo.

En la ciudad, nuestra vida entera gira en torno al consumo. Consumimos no ya sólo cosas, sino experiencias, personas, contenido en redes sociales, música, libros, deportes, arte, diseño, viajes, comida nueva, ideas, nos consumimos a nosotros mismos como objetos en el mercado de las personas. El consumo va más allá de una actividad: se ha convertido en nuestra manera de existir en el mundo. El trabajo siempre está pensado en función de qué tanto aumenta nuestro poder adquisitivo, es decir, la capacidad que nos da de comprar más y más caras cosas. La lógica del consumo se ha apropiado hasta de nuestras esferas más íntimas. Nuestra actitud frente al mundo no es la de quien lo habita con espontaneidad, sino de quien quiere apropiarse de todo lo que se le presenta y descubrir vorazmente todas las novedades. Estamos ya tan condicionados por el consumo, que nos parece imposible concebirnos sin él. Antes que personas, somos consumidores y el mundo, un escaparate, el lugar donde se consume.

En el campo, la vida sigue otro orden y otro ritmo. El mundo es el lugar en el que se vive y se trabaja. El trabajo tiene un lugar central, pero no como algo de lo que uno quisiera librarse para consumir o descansar, sino como precisamente aquello que dignifica la existencia de una persona. La vida del agricultor sigue el ritmo de los ciclos de la tierra. No busca la novedad: espera la repetición, y ahí encuentra su alegría. Las personas aquí no tienen una urgencia por huir de sí mismas hacia lo que no son, a ser algo más, algo diferente. Sus ambiciones y antojos personales no son lo que determina su identidad, sino sus relaciones familiares y sociales. Su conciencia colectiva está más desarrollada; muestra de esto es el tequio, una forma de trabajo colectivo que se experimenta como el servicio que cada integrante le debe a su comunidad. El tequio revela la comprensión que tiene la gente de la importancia de colaborar por el bien común.


Estas reflexiones me pusieron en una situación incómoda. Finalmente, nosotros somos una marca de café en una ciudad, y nuestra existencia depende del consumo de otras personas. ¿Esto significa que lo único congruente sería desaparecer e irnos a la montaña? Aunque no tengo una respuesta definitiva, quiero pensar que no: hay otras maneras de relacionarnos entre nosotros, de trabajar y coexistir, aún en las ciudades. Podemos comenzar por recuperar nuestro valor como personas, la autenticidad de nuestras relaciones y nuestra capacidad de diálogo y autocrítica. Quizá sea el primer paso en un camino que nuestra generación tiene la oportunidad de abrir.

Una cosa sí es cierta: hay mucho por aprender.

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