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El alacrán o el Otro.

Cuando encontraba un alacrán, lo mataba. Era mi reacción más inmediata, la más obvia, la que me enseñaron desde niña. Ahora vi por primera vez algo diferente: un grupo de personas que no mata alacranes, los libera. No es que no reconozcan la amenaza, la conocen quizá mejor que nadie. Pero aunque saben que el alacrán es una amenaza para ellos, lo respetan. No, es más que eso: lo cuidan.

Para mí esto representó una lección más profunda de lo que puedo expresar aquí.


En México crecemos rodeados de hostilidad. Todo el tiempo tenemos miedo de que nos chinguen, y nos han enseñado que para que eso no pase, hay que chingarse primero al otro. Esto genera en nosotros, sospecho, un dolor muy grande. No sabemos cómo escapar de esta condición. Nos gana el miedo al Otro. El Otro va con mayúsculas porque refiere a aquel que no es yo, que no es como yo ni su existencia me reporta un beneficio y, en último término, aquel cuya existencia representa un conflicto para mí. Nuestra manera de enfrentar esta situación es: te destruyo. Te mato. Te fagocito. No puedo lidiar con tu existencia, así que la niego. Y así nos vamos quedando solos, aislados. ¿Cómo podemos pensar si quiera en construir una comunidad?

La reacción que tuvo Asael al encontrar el alacrán me asombró. Adivino que detrás está el saber de que no somos los únicos, no somos los dueños, ni tenemos por qué serlo. No estamos solos ni solos podríamos estar porque dependemos unos de otros.

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